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miércoles, 20 de enero de 2010

sábado, 5 de diciembre de 2009

La trampa de Andrés





Un día, cuando estaba anocheciendo, el ruido de un motor comenzó a sonar a lo lejos. Era demasiado tarde para una visita pero el pequeño furgón atravesó el camino que llevaba a la granja y aparcó justo delante del granero.

Andrés, el ratón más goloso de la aldea, pegó su ojo izquierdo al agujerito de la tabla más oscura del establo y comprobó cómo alguien con un peto vaquero y una gorra azul entregaba un paquete a Enrique, el dueño de la granja.

- “Un queso!!!!” –- pensó el goloso roedor

seguro que es un exquisito queso amarillo brillante”. Se había levantado de la siesta y estaba dispuesto a seguir la pista de un manjar que ya se había prometido suyo.

El granjero cogió la caja envuelta en papel marrón donde decía: “Mensajería Valentino y entró en la casa principal para revisar el contenido. Además de ser muy glotón, Andrés era una animal pequeñito y especialmente curioso. Asomó el hocico por el cristal de la ventana y, de manera instintiva, levantó las cejas cuando comprobó que, en lugar de su queso, Daniela, la dueña de la granja, posaba sobre la mesa de la cocina una trampa para ratones. Era un objeto muy extraño. Tenía muchos alambres y su color gris destacaba sobre los cuadros rojos del mantel.

Antes de acostarse, Enrique colocó la trampa entre la hierba seca que se acumulaba en el granero y dejó, muy cerca, un trocito de queso que desprendía un olor delicioso. Aquella noche Andrés se acostó preocupado y apenas se hubo dormido, escuchó el canto del gallo que anunciaba un nuevo día.

Sin lavarse los dientes y despeinado, corrió a despertar a Mariana, la única gallina y una de las vecinas con más personalidad del lugar. En otras granjas había varias gallinas para un único gallo, pero Mariana siempre había exigido un lugar propio y exclusivo en el corral, de manera que, ni siquiera los patos más atrevidos, habían osado poner en duda su autoridad.

- Estoy desconcertado!- exclamó Andrés antes de desear los buenos días.Enrique ha comprado una trampa y creo que puede ser peligrosaañadió.

- ¿Por qué iba nuestro granjero a ponerte una tramparespondió la gallina mientras escarbaba en la tierra en busca de los gusanos para el desayuno.

- Porque ha colocado un trozo del queso que Dña Mariana hizo con la leche de cabra Antoniainsistió el Ratón. – y he estado toda la noche resistiéndome a ese delicioso olor. ¿No ves que tengo unas ojeras espantosas?. – Andrés era un poco presumido pero lo bastante listo como para saber que aquella trampa suponía una amenaza para todos.

Ante la indiferencia de Mariana, un poco decepcionado, el pequeño roedor acudió al campo donde Joaquín, el cordero más lozano y tierno de los prados heredados por Daniela, pacía bajo un radiante sol.

- Estoy preocupadodijo el ratón impetuosamente.

- Eh? – El cordero no comprendía.

- ¡Estoy muy muy preocupado!!!.- Insistió

- Hace una hermosa mañanaindicó Joaquín mientras seleccionaba las hierbas más altas evitando las margaritas que crecían discretas entre el verde prado.

- ¡Pues yo estoy preocupado!- En ocasiones, Andrés resultaba un poco insistenteEnrique ha colocado una trampa en el granero y puede ser peligroso ¿no crees?!!!.

- Dios nos protege de todos los males, observa todo los que te rodea: comida suculenta, un hogar acogedor en el que descansar... somos afortunados.

- ¿Significa eso que no me ayudarás con la trampa?- Preguntó el ratón clavando apretando los puñitos de sus patas delanteras.

- “Por supuesto que te ayudaré. Rezaré para que no te ocurra nada malo. Recuerda que debemos ser generosos y atender a las necesidades de los que nos rodean”.

Andrés estaba enfadado. Llevaba varios años habitando en la granja y siempre había colaborado en mejorar las condiciones en que vivían todos sus compañeros. Antes de desayunar corrió al establo donde Catalina, la vaca y representante de todos los integrantes de la granja, descansaba tras ser ordeñada, orgullosa de ser el animal más valioso del lugar. Enrique siempre presumía de tener la vaca más productiva de la región y con frecuencia tenía en cuenta las sugerencias de Catalina.

- ¡El granjero ha puesto una trampa en el establo!espetó el roedor entre jadeos.

- Es algo muy habitual en todas las granjas, no debes desconfiar- añadió la vaca pausadamente.

- Pero está escondida entre la hierba seca y cualquiera podría quedar atrapado!- insistió Andrés indignado.

La vaca, con sus largas pestañas, miró fijamente al ratón y sentenció: “no existe ningún motivo para preocuparse”.

El pequeño animal pensó que pocas veces se había sentido tan triste. Regresó al granero, se miró en la cerradura para arreglarse el pelo y se acurrucó en una de las esquinas para recuperar el sueño pendiente.

Pasaron los meses y Andrés se había acostumbrado a esquivar la trampa entre la hierba seca. En ocasiones el granjero la cambiaba de lugar, y el ratón, inquieto ante la posibilidad de caer en ella, le seguía hasta comprobar el sitio exacto en que la ocultaba. No se había acostumbrado al olor del trocito de queso, pero cada noche realizaba un largo trayecto hasta la despensa para comer. Lo peor sucedió cuando llegó el verano. Entonces Daniela se empeñó en guardar el queso en la nevera.

Un día de septiembre, el ratón oyó un ruido fuerte y seco. Una serpiente se había quedado atrapada en la trampa y Daniela acudió de inmediato. En un intento de liberarla de los alambres, el reptil mordió a la granjera y la dejó gravemente herida. Comenzó entonces una historia que nadie podría olvidar.

Desde los servicios sanitarios de la Comunidad de Madrid enviaron una ambulancia. Las luces naranjas se extendieron en todas direcciones y Andrés acudió de nuevo al agujerito de la tabla más oscura para comprobar cómo la dueña de la granja era trasladada al hospital.

Daniela regresó pronto pero su rostro permanecía pálido y caminaba lentamente cuando recogía los huevos en el corral. En una ocasión, fue Enrique quien acudió a su cita con la gallina. En lugar de registrar entre la paja, tomó directamente a Mariana entre sus brazos y cocinó una sopa especial para que su esposa recuperara el ánimo y volviera de nuevo restablecerse. A partir de entonces, el hombrecillo de Mensajería Valentino traía los huevos en paquetes de cartón cada dos días.

La mujer no terminaba de recuperar su salud y resultaba extraño verla caminando entre los prados. Ya no acudía al establo para ordenar la hierba. Había silencio en la granja. Una tarde de diciembre Andrés escuchó voces en la casa principal. Muchos amigos de la pareja habían acudido a visitar a Daniela y el granjero, como buen anfitrión, se dispuso a proporcionar a sus invitados un manjar para agradecer las atenciones que mostraban ante la enfermedad de su mujer.

El cordero era lo mejor que podía ofrecer y Joaquín ya no volvió a pastar en los prados esquivando margaritas. Quizás nadie en la granja volvió a rezar.

No pasó demasiado tiempo cuando un coche negro atravesó el portalón de entrada y se estacionó ante la puerta de la casa principal. Andrés se puso de puntillas y se pegó al agujerito de la tabla. Aquel hombre no llevaba gorra azul y estaba casi seguro de que no se trataba de un empleado de Mensajería Valentino. Entre el bullicio distinguió voces que destacaban lo caro que había resultado el entierro. Demasiados gastos para afrontar son la venta de Catalina. Era una vaca realmente trabajadora y el granjero vecino había pagado una suma importante.

Andrés regresó a su huequito para descansar. Desde que Daniela cayera enferma, su marido se había deshecho de la trampa y ya no debía ser tan cauteloso. Ahora podía acomodarse en el rincón más blandito de todo el granero sin miedo a ser sorprendido.

Cuando Andrés acudió a sus compañeros no creyeron que la trampa representara ninguna amenaza para cada uno de ellos. Enrique la había colocado en el granero y, además: aquel aparato se denominaba “trampa para ratones”. ¿Quién podría pensar que una gallina, un cordero o una vaca caerían en ella?.


Basado en hechos quasireales

"Mil gracias, dos mil gracias: a Nenú Gómez y Cristina Corpa por la redacción y maquetación del cuento"

miércoles, 2 de diciembre de 2009

"EL CUERVO"

Este es uno de mis cuentos favoritos,

Edgar Allan Poe
EL CUERVO

Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada,
meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral
y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,
como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.
"Es un visitante -me dije-, que está llamando al portal;
sólo eso y nada más."
¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre!
Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.
Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma
en mis libros, ni consuelo a la pérdida abismal
de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar
y aquí nadie nombrará.
Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas
me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal
que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia:
"No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;
un tardío visitante esperando en mi portal.
Sólo eso y nada más".
Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:
"Caballero -dije-, o señora, me tendréis que disculpar
pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido
y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal
que dudé de haberlo oído...", y abrí de golpe el portal:
sólo sombras, nada más.
La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,
y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;
pero en este silencio atroz, superior a toda voz,
sólo se oyó la palabra "Leonor", que yo me atreví a susurrar...
sí, susurré la palabra "Leonor" y un eco volvió la a nombrar.
Sólo eso y nada más.
Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos
pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.
"Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi ventana;
veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.
Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.
¡Es el viento y nada más!".
Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,
agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.
Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,
con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,
en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral;
fue, posóse y nada más.
Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,
en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.
"Ese penacho rapado -le dije-, no te impide ser
osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;
¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?"
Dijo el cuervo: "Nunca más".
Que una ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa
sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal,
pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido
ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.
Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal
que se llamara "Nunca más".
Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto,
como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.
No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna
hasta que al fin musité: "Vi a otros amigos volar;
por la mañana él también, cual mis anhelos, volará".
Dijo entonces:"Nunca más".
Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;
"Sin duda - dije-, repite lo que ha podido acopiar
del repertorio olvidado de algún amo desgraciado
que en su caída redujo sus canciones a un refrán:
"Nunca, nunca más".
Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía
planté una silla mullida frente al ave y el portal;
y hundido en el terciopelo me afané con recelo
en descubrir que quería la funesta ave ancestral
al repetir: "Nunca más".
Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra
al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;
eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada
sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.
¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,
y ya no usará nunca más!.
Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso
mecido por serafines de leve andar musical.
"¡Miserable! -me dije-. ¡Tu Dios estos ángeles dirige
hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!
¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!".
Dijo el cuervo: "Nunca más".
"¡Profeta! -grité -, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad
trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,
a esta morada espectral? ¡Mas t e imploro, dime ya,
dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".
"¡Profeta! -grité -, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,
dile a este desventurado si en el Edén lejano
a Leonor , ahora entre ángeles, un día podré abrazar".
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".
"¡Diablo alado, no hables más!", dije, dando un paso atrás;
¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!
¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje
quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".
Y el impávido cuervo osado aun sigue, sigue posado,
en el pálido busto de Palas que hay encima del portal;
y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,
cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;
y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,
no se alzará... ¡nunca más!